Aún no había alcanzado su párpado con el dedo cuando una voz jovial, serena y limpia llegó hasta ella desde atrás "Deja que caiga"- dijo, ella extrañada y movida por el temor a que le hicieran daño, se giró bruscamente, "las lagrimas que nos empeñamos en guardar son las que acaban ahogándonos por dentro"- añadió aquel hombre. Blanca, paralizada ante aquel rostro de formas prefectamente marcadas, tembló. Sin decir nada, su pecho se encogió y no pudo más que lanzarse a los brazos de aquel extraño para derramar en sus hombros todo el llanto en que había pasado tanto tiempo sumergida. Ni siquiera se preguntaron los nombres, solo se miraron a los ojos, sonrieron aliviados y siguieron su camino de nuevo, aquello no estaba bien pero no podía negar lo que había pasado, aquel hombre, con tan solo unas pocas palabras había descargado de su espalda tanto peso que sentía que podía ver el horizonte más de de cerca.
Al día siguiente, el monótono guión de los mil momentos que componían su día a día comenzó con un café y, cuando Miguel se fue a trabajar, volvió a su boca aquel cotidiano y espeso trago de soledad que tanto amargaba y, en un intento de rajar el satén con que se tejía su triste destino, se pintó una sonrisa de carmín y salió en busca de lo poco que quedara de aquellos momentos en que todo era perfecto. Pero esa mañana era distinta, entró por aquellas puertas mal pintadas de verde y, por la enrevesada vereda que se extendía flanqueada por majestuosos olmos copados, se dirigió hasta el estanque, de nuevo esa presión en el pecho, de nuevo esa lágrima asomando pero no hubo abrigo que empapar. Horas después, vencida por la encallecida mano de la decepción, desandó con los pies a rastras todo el camino para volver a casa.
Desde entonces, cada mañana, Clara, con sus rizos blanqueados por el tiempo se pasea por ese parque, con la lágrima asomando, buscando aquella voz que una mañana de septiembre se dejó abrazar como nadie, nunca, volvió a hacerlo más.



