jueves, 29 de enero de 2015

El Hombre del Estanque

Septiembre marchito y cabizbajo se iba dejando amarillentos aires a su partida que sembraban de hojas el camino que llevaba al estanque donde solían ir. Hace tiempo que nadie la lleva de la mano y la seca presión de la rutina saca de su corazón cada día un poco más a aquel por el que, años atrás, hubiése dado la vida. Como queriendo ver cada detalle, sus oscurecidos ojos se desplazaron de lado a lado del bosque de sauces que adornaba la otra orilla y un recuerdo de ternura empujó una timida lágrima que se apresuró a secar antes de que nadie se diera cuenta. 
Aún no había alcanzado su párpado con el dedo cuando una voz jovial, serena y limpia llegó hasta ella desde atrás "Deja que caiga"- dijo, ella extrañada y movida  por el temor a que le hicieran daño, se giró bruscamente, "las lagrimas que nos empeñamos en guardar son las que acaban ahogándonos por dentro"- añadió aquel hombre. Blanca, paralizada ante aquel rostro de formas prefectamente marcadas, tembló. Sin decir nada, su pecho se encogió y no pudo más que lanzarse a los brazos de aquel extraño para derramar en sus hombros todo el llanto en que había pasado tanto tiempo sumergida. Ni siquiera se preguntaron los nombres, solo se miraron a los ojos, sonrieron aliviados y siguieron su camino de nuevo, aquello no estaba bien pero no podía negar lo que había pasado, aquel hombre, con tan solo unas pocas palabras había descargado de su espalda tanto peso que sentía que podía ver el horizonte más de de cerca. 
Al día siguiente, el monótono guión de los mil momentos que componían su día a día comenzó con un café y, cuando Miguel se fue a trabajar, volvió a su boca aquel cotidiano y espeso trago de soledad que tanto amargaba y, en un intento de rajar el satén con que se tejía su triste destino, se pintó una sonrisa de carmín y salió en busca de lo poco que quedara de aquellos momentos en que todo era perfecto. Pero esa mañana era distinta, entró por aquellas puertas mal pintadas de verde y, por la enrevesada vereda que se extendía flanqueada por majestuosos olmos copados, se dirigió hasta el estanque, de nuevo esa presión en el pecho, de nuevo esa lágrima asomando pero no hubo abrigo que empapar. Horas después, vencida por la encallecida mano de la decepción, desandó con los pies a rastras todo el camino para volver a casa.
Desde entonces, cada mañana, Clara, con sus rizos blanqueados por el tiempo se pasea por ese parque, con la lágrima asomando, buscando aquella voz que una mañana de septiembre se dejó abrazar como nadie, nunca, volvió a hacerlo más.

lunes, 19 de enero de 2015

Paseo Matutino


Y comienza mi periplo por Bilbao. La ciudad me recibió hace tres semanas con los brazos abiertos y ahora es el momento de adentrarme en ella. Una mañana más, mochila en mano me lanzo a pasear. Voy a la alhóndiga en busca de mi revista favorita y, al llegar me adentro con intenciones de buscar la tienda, la infinidad de columnas que rompen lo diáfano de aquella descomunal explanada me desorienta, el edificio impone desde que lo ves asomar tímidamente por la Alameda de Recalde.  Después de dar un par de vueltas por allí me coloco en el centro con el fin de orientarme y, sin esperarlo, una voz quebrada por los años me saca de mi trance. Un señor mayor, que poseído por la admiración que causa aquel lugar, sin ni siquiera decir hola, me pregunta que si he visto la enorme biblioteca de la primera planta, contesto que no y decido dejar que me la muestre, subimos juntos y aprovecho para presentarme. Al llegar, una sala de estudio repleta de chavales preparando exámenes se nos muestra y al fondo una enorme mediateca a disposición de quien lo necesite. Mientras bajamos le pregunto a quien de repente se había hecho mi amigo que si sabe donde está la librería y se ofrece a acompañarme . Nos despedimos, agradezco su compañía y entro a la tienda. No encuentro la revista aunque me sorprende la cantidad de libros, revistas y todo tipo de material alternativo que me encuentro. La dependienta me escribe en un papel la dirección de otro sitio donde comprar la revista y decido ir. Le doy la vuelta a la alhóndiga y sigo por la Alhameda de Recalde hasta Calle Egaña y por ahí hasta Calle San Francisco. A medida que me adentro en esa calle la decadencia y el ambiente de barrio bajo va ganando terreno al glamour y el brillo del centro de la Villa. Avanzo entre antros, tugurios y locales alternativos. Esa cara de Bilbao también es bella, muestra lo bohemio del arte que ha hecho bella a esta ciudad. Sigo por calle Bailén hasta cruzar las vías y el coqueto Puente del Arenal.

Casco Viejo, el Teatro Arriaga con su imponente presencia saluda al que viene del otro lado de la ría y el colorido pórtico de la estación de La Concordia lo despide. Galerías de arte, pastelerías, tiendas de tatuajes, bares alternativos, restaurantes temáticos y, de repente, la plaza de San Nicolás y su preciosa iglesia parecen querer indicarme donde esta la tienda que ando buscando.
 
Compro la revista y al salir no puedo evitar colarme en la iglesia. Llena de color y de figuras, numerosas  imágenes en un espacio muy reducido, cuadros preciosos y de gran valor perfectamente explicados con carteles. Me sorprende encontrar una simple iglesia tan cuidada y que se preocupe tanto de que la gente valore lo que allí hay. Salgo, es hora de comer, tengo que volver a casa, elijo  el paseo de Campo Volantín y hasta llegar a deusto, donde vivo, me acompañan las torres Isosaki, el Puente de la Salve, el ayuntamiento, el Guggenheim, la torre Iberdrola, la universidad de Deusto, el puente de deusto, la anteiglesia de San Pedro de Deusto y finalmente llego a casa. Maravilloso, Bilbao es simplemente maravilloso.

En que idioma te lo digo...??